Es cierto,en los diccionarios-los pequeños y los grandes, los ilustrados y los no ilustrados- el contexto social y político de los términos es difuso y entonces reinan las definiciones absolutas. Les pido que seamos ingenuos por un ratito: nos aproximamos poco a poco a un concepto y no es cuestión de apresurarnos. De los estantes de una biblioteca tomamos entonces uno de esos libros, recordamos el abecedario, buscamos, leemos, unimos el significado de los tres términos y agregamos un poco de lógica como cohesivo.
Finalmente, llegamos a la conclusión de que “un recurso natural estratégico es aquel bien que no ha sido modificado por el hombre y que es vital para el desarrollo de la actividad económica o para el mantenimiento de la calidad de vida de un país o de una región”. Cerramos el libraco, agobiados pero contentos.
Sin embargo, la satisfacción dura un instante mínimo y comienzan a surgir las preguntas. Vital, estratégico, desarrollo económico. ¿Estratégico para quién? ¿En función de qué modelo económico? Mejor dicho, ¿quién escribe el diccionario? Desde algún lugar nos recitan la lista de los recursos naturales que son estratégicos y, como en los dictados de la escuela, no ponemos objeciones. El petróleo y el gas sí, los minerales también, el agua dulce ni les cuento. No nos olvidemos de las tierras fértiles, donde crecen alimentos para nosotros y para nuestro ganado, árboles para nuestras pasteras y las ajenas, y donde muchos querrían que se produzcan granos para agrocombustibles. Y agreguemos por último a la biodiversidad, que parece algo más abstracto pero es una herramienta de poder inconmensurable, algo nos sugieren los intentos por patentar organismos.
Hecha la lista, es el momento de hacer carne con un inductivismo casi instintivo y de buscar qué tienen en común estos recursos naturales para ser considerados estratégicos. En principio, lo dicen incluso las enciclopedias, la mayoría de ellos son recursos que no son renovables. Es decir, la explotación en exceso de un recurso como el petróleo o el agua puede llevar al agotamiento del mismo. Otros recursos, si bien son renovables, suelen volverse inutilizables por el uso irresponsable. Tal es el caso del suelo: uno de los mayores problemas en nuestro país es la desertificación de tierras, ya sea por deforestación de monte nativo o bien, en el caso de tierras destinadas a la agricultura, por cultivos intensivos tales como la siembra directa de soja no acompañada por rotación de cultivos.
Sin embargo, nos hemos decidido a tirar por la borda la definición absoluta por la que nos dejamos llevar unos párrafos más arriba y no nos basta con encontrar estas coincidencias... Otro aspecto curioso es que la “lista” de recursos estratégicos no es estática. Los cambios en la situación política mundial y en los intereses de las grandes potencias, fueron acompañados por cambios en la lista de recursos naturales estratégicos. Los minerales, por su importancia para el desarrollo industrial, han estado en la mira desde el tiempo de la colonia y aún hoy en día son protagonistas de numerosos conflictos por su explotación. En cuanto a las tierras fértiles, aparecían en la agenda de los EEUU ya en el año 1943, cuando la Fundación Rockefeller decidió financiar investigaciones para la mejora de variedades de semillas de maíz, trigo y arroz. Hipocresía mediante, el objetivo era aumentar el rendimiento agrícola para paliar el hambre del mundo. Serían los orígenes de la llamada “Revolución Verde”, que comenzó a experimentarse en México en los ’50 con severos impactos ambientales y sociopolíticos. Por otro lado, los hidrocarburos demostrarían ser un recurso indispensable en 1973: la decisión de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP, integrada por 13 países) de paralizar la producción y exportación de petróleo hizo estragos en la economía de EEUU y de otros países afectados. Desde entonces, la disputa por el dominio de este recurso se ha potenciado. El agua, sin embargo, ingresó a la lista de recursos claves recientemente, cuando comenzó a sentirse su escasez y cuando se comprendió la magnitud de los efectos de su contaminación. Incluso hay casos emblemáticos como el del guano y el salitre. Codiciados por su uso como fertilizantes, fueron la causa de la Guerra del Pacífico (1879-1883) entre Chile, Perú y Bolivia. Sin embargo, luego se descubrió cómo sintetizar artificialmente nitratos y acabose lo estratégico del recurso...
Una coincidencia que necesitamos señalar es que estos recursos están referenciados a un espacio y suelen ser escasos a nivel mundial pero abundantes en unos pocos países. El problema está mutando a uno de carácter geopolítico y de allí que los recursos sean factores de conflicto y de seguridad nacional. Un buen ejemplo es la reciente invasión de EEUU a Irak (por si no se enteraron, en Irak no había armas de destrucción masiva pero sí mucho petróleo). Y en los ’70, los golpes de Estado a los gobiernos de los países de América Latina fueron doblemente útiles para el Imperio. Por un lado, en algunos casos detuvieron procesos de recuperación de recursos naturales. El caso más claro es el derrocamiento de Salvador Allende en Chile (1973). En 1971 el gobierno democrático de Allende había modificado la Constitución de Chile para garantizar la nacionalización de, entre otros recursos, los combustibles fósiles y los recursos mineros como el cobre; una década después la dictadura pinochetista devolvía los yacimientos a manos privadas. Por otro lado, durante las dictaduras se instaló en América Latina el modelo neoliberal que luego facilitaría privatizaciones y concesiones, un atajo muy utilizado hoy día para que nuestros recursos fluyan hacia el norte. Claro que, si no alcanza la vía pacífica, siempre hay excusas para justificar la instalación de bases militares justo en los sitios donde abundan recursos. Pensemos si no en los intentos de militarizar la Triple Frontera (Argentina-Brasil-Paraguay): se supone que allí hay “terroristas”, aunque lo innegable es que debajo se encuentra el Acuífero Guaraní, una de las mayores reservas de agua dulce.
Encaprichados con llegar a una definición, podríamos abocarnos a pensar quiénes son los estrategas a los que hace referencia el término. Por un segundo, se nos ocurre que son los gobiernos del sur, pero es sólo un impulso, sólo un deseo. Ojo, no nos confundamos: en países “subdesarrollados” o dependientes como el nuestro, suele no existir una planificación nacional estratégica. El gran diccionario no se escribe de este lado del mundo, acá jugamos las reglas del mercado y seguimos los lineamientos de las grandes potencias económicas. El carácter estratégico de un recurso parece depender de los intereses, de las definiciones enciclopédicas de los países desarrollados. Son ellos los que dictan, son ellos los grandes estrategas.
La configuración actual del sistema capitalista es sencilla (al menos en términos didácticos): las grandes potencias económicas, y en particular el Imperio estadounidense, dominan al resto de las naciones política, económica, cultural y militarmente. Este sistema de dominación es garantía de que se produzca la transferencia de nuestras riquezas, con un mínimo costo para ellos. Y de eso se trata su estrategia, está pautada en una sociedad de consumo que no tendría ni pies ni cabeza sin la explotación de recursos naturales ubicados en un espacio-territorio que, casualmente, es el nuestro.
El mecanismo para tal cometido también es sencillo. Los que operan son capitales privados, generalmente multinacionales, en muchos casos financiados por organismos tales como el Banco Mundial. Un ejemplo esclarecedor: de los 21 proyectos con sede en Argentina a los que el Banco Mundial le otorgó créditos del 2002 a la fecha, 8 son para empresas de Agronegocios (es decir, productoras y exportadoras de commodities como lo son los granos de soja), 4 para empresas relacionadas con la explotación de hidrocarburos, y 5 para Financieras (bancos y casas de créditos). Una traducción tendenciosa, pero traducción al fin, nos lleva a suponer que esos fondos son una ayuda para que los beneficiados: a) usufructúen nuestras tierras, recurso clave en el modelo agroexportador del que son parte los commodities; b) exporten a módicos precios los combustibles que hacen funcionar a la industria en todas sus facetas; y c) se aseguren que crezca un capital financiero sin el cual se caería el resto del engranaje.
Acaso en los diccionarios del norte se llame “negocios” a este tipo de relaciones internacionales tan curiosas. Acaso nuestros gobiernos también prefieran llamarlas así (el eufemismo es complicidad y les vale poder y dinero, para qué negarlo). Los pueblos, sin embargo, crean sus propios diccionarios, distintos y más intensos. Las definiciones no dejan rastros impresos, viajan de boca en boca, de puño en puño y de fusil en fusil. En este diccionario tan poco ingenuo, los pueblos saben que hay mucho de soberanía y de autodeterminación en juego. Desde este enfoque coinciden en pensar al agua, a la tierra, a los minerales, a los hidrocarburos y a la biodiversidad como recursos claves. La definición también podría incluir las palabras vital, estratégico y desarrollo económico; pero seguramente agregaría otras como desarrollo social y humano. Para los pueblos, son recursos estratégicos porque su dominio los haría más libres. Son estratégicos porque urge que sean explotados de forma responsable y en función de sus necesidades e intereses. La óptica hace la diferencia: armados de furia, los pueblos tachan “negocios” y gritan “saqueo”.














